El camino quedó
marcado de sus huellas sanguinolentas. Llevaba la sonrisa pasiva en los labios.
Seguía. Ahora sí que iba a hacer las cosas bien. Había traicionado a Vidal,
provocando sufrimiento en el buen hombre que siempre le dio todo, por eso es
que las cosas le salieron terribles con David… y ese personaje inquietante, su
patrón… aceleró el paso. Lo mejor de su decisión era que jamás volvería a verlo
a… él. Al hombre de mirada feroz, lobuna. Que no intentaría entrar en ella de
nuevo. Y que no sabría nada más del manuscrito. Caminó. Un grito desgarrado
cruzo el aire. Se giró hacia allá, mientras las telarañas surgían en el suelo
helado. Se encontró con los ojos anhelantes y desbocados del rostro
aterrorizado de David Martín, quien la había seguido y trataba de salvar su
vida. Las finas líneas del suelo helado se engruesaban y el sonido anunciaba lo
que ocurriría.
-Te quiero- le dijo
ella. Y se rompió el hielo. Vio a Martín desesperado golpeando el hielo sobre
ella. Cristina lo miró a los ojos y posó su mano contra la capa transparente.
La corriente la arrastró un momento hasta que comenzó a descender. El juego del
escritor había terminado para ella. Moría. Descansaba. Se escapaba de Corelli.
Se alejaba de todo. Se… recuperaba la cordura. Cual Quijote, moría cuerda, pues
como todo ya acababa, el autor le contó la verdad. Era sólo una Ofelia moderna,
un objeto para regalar en el libro. Era una de esas princesas de cuentos, pero
que nació depresiva y no tuvo su “felices por siempre”. De los personajes que
mueren para provocar catarsis en el lector. Después de todo, su muerte estaba
predicha. Era mejor, pues le daba el toque especial y trágico al libro… y ahora
el mundo estaba negro… ne…gro…yo… ¡no! ¡No quiero morir! ¡No así! Se movió. Se
desesperó. Se enojó. Pero sobre todo, imaginó. Se vio en otro lugar, como otro
personaje. Se escribió.
“No
hay miles de personajes, sino sólo unos cuantos al que todos se parece. Se le
llama reencarnación literaria. Un personaje puede vivir cuantas veces quiera,
sólo junten un par de historias, comparen sus protagonistas y verán cómo se
parecen (…)”
…
La despertó un rayo
que se filtró hasta su rostro. Había encallado en un lodazal lejano, junto a un
rio. Se levantó. “¿Qué…qué?” caminó perdida. Subió un cerro que se hallaba
frente a ella. En la cima vio que una ciudad se extendía a sus pies. Y no era
Barcelona. Bajó. Caminaba por las calles, mirando hacia los lados. Estaba desorientada.
-¿Qué… que hace?- le
dijo una señora en la calle, corriendo hacia ella y cubriéndola con su manto-.
¿Por qué trae esa ropa como de hospital?
Si. Cristina no se
imaginó con otra ropa. Pero en el momento de la muerte es complicado pensar en moda…
La mujer la llevó
apresuradamente a una gran casa. La lavó y vistió, mientras le decía que no le
iba a preguntar por qué tenía esa ropa por la calle, sin embargo, lo sentía
mucho pero el patrón se iba a enterar. Al oír nombrar “patrón” Cristina se giró con pánico en el rostro.
Corelli, aquel que había provocado la locura en ella, su dueño, se hacía llamar
así.
-¿Pa…patrón? ¿Cuál?
No, por favor… - gimió aterrorizada.
-¿Cuál? el señor
Percival, señorita- dijo la empleada algo extrañada. – Esta bien, no le diré,
no se ponga así. Pero no está bien que le oculte cosas, no es buena forma de
empezar un matrimonio. Ahora es mejor que descanse, recuerde que mañana parte
en el barco grande, el famoso con ese pianista que todos dicen que es
excelente. Ah, me gustaría a mí pasear alguna vez en un barco tan bonito…
Llegó a su habitación
y vio las maletas preparadas en un rincón. Al parecer se había metido en una
historia similar a la anterior. Era una muchacha bella y pobre, a quien un
hombre rico había rescatado y más tarde propuesto matrimonio. Está bien, no
tuvo gran imaginación cuando quiso reescribirse. Pero bueno, es complicado
pensar en una gran historia cuando te estás congelando.
* *
* *
Su
sombrero amenazaba con alzarse en vuelo. En la escalerilla de abordaje y del
brazo de su novio, miraba hacia el mar. Una mujer de rostro apagado le devolvía
la mirada.
-¿Estás
bien? Te noto callada y un poco triste. ¿No te emociona la idea de viajar a América
en el Virgninian?- le preguntó Percival.
-Claro,
lo siento, sólo estaba mirando hacia el mar y me dio un poco de nostalgia, es
todo.- mintió ella.
-Está
bien, te creeré. Quizás cuando veas el barco por dentro te animes un poco. Y
cuando escuchemos al pianista… dicen que es el mejor, incluso circulan
historias por ahí acerca de su música. Quiero verlo yo mismo y oírlo.
Entraron.
El barco era grande y con decoraciones
exquisitas. Le gustó su camarote, con ventana. Percival se despidió de ella, le
recordó que se vistiera bonita para la cena y se fue. Cristina permaneció un
rato quieta, mirando. “¿Y ahora qué?” se preguntó “¿Qué hago yo? ¿Vivo otra
vida más como si nada? ¿Y para qué, si seguramente será lo mismo? ¿Qué ya no
tuve suficiente?” pero no se atrevía a tomar una decisión drástica. Por ahora,
viviría como si supiera en que libro estaba, por lo que, a la hora de la cena
se reunió con su novio en el salón y ambos vieron el espectáculo. Atlantic Jazz
Band era un buen grupo musical y fingió que estaba feliz por un momento,
mientras bailaba con Percival. En el sólo del piano, se quedó mirando fijamente
al músico. Algo tenía que le llamaba la atención. Era como si la estuviera
llamando. Se dio cuenta que sus ojos se cruzaron con los suyos por un momento y
que él esbozaba una sonrisa. Fue un instante extraño, como si esa sonrisa fuese
para ella y deseará decirle algo. Terminó la canción y aplaudió como todos. Era
un gran músico en realidad.
* *
* *
Pasaron
unos días. Por extraño que pareciera, esperaba el sólo con ansias. Cada vez
tenía mayor certeza que estaba dirigido a ella. Y algo había en sus ojos, en
los del pianista, en su forma de mirarla, que provocaba que ella lo buscara
discretamente. Una noche se desveló. El barco seguía en su vaivén infinito,
como un personaje obstinado en voltear a todos los seres humanos por
entrometidos, el océano es lugar de peces, no de personas. Abrió la puerta de
su camarote. La cegó un momento el resplandor del pasillo y sus lámparas
elegantes (ella estaba a oscuras), donde flotaba un ambiente adormilado. Salió
a toma aire a cubierta y se apoyó en el borde, mirando hacia el mar. El viento
jugó un instante con sus vestimentas y cabello, hasta que decidió que lo que
tenía era frío y debía cubrirse. Pero aun no quería volver a la habitación.
Caminó observando cuadros y tornillos hasta llegar al salón desolado, que
recordaba tan alegre y festivo unas horas antes, con el presentador de la banda animando al público, presentando
primero una tripulación extravagante y luego a la mejor banda de todos los
océanos. Sonrió levemente recordando el momento de la tarde. Supuso que era
normal sentirse levemente feliz cuando el pianista te sonríe, acompañado de un
leve dolor en el estomago. El sitio ahora retumbaba en un silencio roto sólo
por el vibrar de unas copas o crujir de las maderas. Eso le agradó. Tomó
asiento en una butaca de cuero cuyo color y textura no recuerda en la
actualidad, y descanso. Pensó… y no pensó. No pudo. Sin entender, sus ideas se
escaparon y dejaron la mente vacía, seguramente aprovecharon de correr con el
viento. Apoyó su cabeza sobre las manos y esperó nada, pues nada esperaba
encontrar, sólo no tenía sueño. Unos pasos avanzaron en su dirección y levantó
la cabeza, temiendo que un encargado con el ceño fruncido y desprovisto de la
amabilidad fingida que se presentaba sólo cuando el sol alumbrara o bien las
luces brillaban (o sea, cuando el salón estaba apto para el público) la sacara
del lugar y así acabara con su travesía nocturna por el Virginian, la cual no
terminó pues el hombre era el pianista del barco, quien tomó asiento en el
taburete del piano y se giró en su dirección.
-Hola
señorita, disculpe, pero soy Dany Boodman T.D. Lemon Novecento y me gustaría
saber si quisiera oír una pieza de música.
-Eh
yo, bueno pues… si usted quiere tocarla… entonces supongo que a oírla-
respondió Cristina visiblemente confundida frente al suceso.
Novecento
sonrió
-Pero
yo no toco en este lugar.
-¿Y
donde entonces?
-Tercera
clase.
-¿Por
qué allá?
-Porque
ahí están todos despiertos.
-¿Despiertos?
¿A esta hora? ¿Y qué hacen?
Novecento
sonrió otra vez.
-Usan
las cortinas para convertirlas en ropa elegante para presentarse en América.
-¿Y
aún a estas horas?
-Es
un trabajo pesado.
Novecento
la miró y se puso en pie. Cristina, insegura pero extrañamente feliz, se
levantó y lo siguió mientras veía en su descenso como bajaba la calidad de
belleza y elegancia del trasatlántico. Al llegar a tercera clase confirmó las
palabras del pianista: el lugar seguía vivo, con un bullicio de costuras. Había
un piano en una habitación y una silla de tres patas a su costado. Novecento se
sentó en el taburete del instrumento y Cristina hizo lo propio en la silla. Con
una última sonrisa, el artista procedió a tocar. Las notas inexistentes
comenzaron a desparramarse sobre las teclas y Cristina se dio cuenta al fin de
quién era él, había oído su reputación (o el personaje que representaba ahora
lo había hecho) en algunos salones o noches de ópera “Novecento, el más
grande”, también supo de la historia del duelo con el humillado rey del jazz,
que para vergüenza del perdedor, se propagó con rapidez. Tuvo un pequeño
impulso de proclamarle el honor que le resultaba conocerlo, lo asombrada que
estaba con sus hazañas, señor Novecento, es un honor indescriptible el
encontrarme con un personaje tan distinguido como usted, que placer poder oírlo
tocar; pero eso sonaba a saludo y, al parecer, ya habían pasado por eso. No
necesitaba frases clichés, no con él. La música… dos pianos se unían en sus manos,
con notas que podrían sonar atrevidas e incluso vedadas para el oído humano.
Pero el pianista las había encontrado ahí, en medio del mar, complementándola
con la danza del océano. Era la música que te hace observar el deslizar de una
serpiente fina y de plata por el desierto, cuando sólo conoces la arena del
patio de tu casa. O en el caso de Cristina, le hizo ver el largo continente,
con sus tierras indómitas y lugares “civilizados”, el puerto al que llegaría y
las riberas aun no descubiertas por el hombre blanco, con el nuevo comienzo que
ella anhelaba, en un nuevo lugar. Cantos indígenas de seres pintados se unieron
a la interpretación musical de su pianista y los autores de éstos comenzaron a
correr aplastando con sus pies las alfombras deshilachadas de tercera clase,
jugando al borde del ensueño completo. Al ver estas imágenes comprendió que
había comenzado a dormitar, así que sacudió la cabeza, pestañó un par de veces
y cambió de posición mientras la música continuaba. Intentó cantar una vez para
hacer algo también, pero fue un intento desaliñado y vergonzoso. Novecento le
dejo un lugar en el taburete y ella interpretó la única canción que hizo
sonreír a su maestro de piano, pero que junto al mejor pianista de todos, era
deprimente en calidad. Se dedicó sólo a escuchar la melodía que él hablaba para
ella, sólo para ella, en un lenguaje especial, observando sus manos que
paseaban como un prodigio sobre las teclas y moviendo la cabeza en vaivén
conjunto con el barco, mientras él la observaba y sonreía sinceramente. Sentía
que él trataba de conversar con ella a través de la música, pero no sabía cómo
responderle.
-No
puedo responder a lo que dices… - susurró ella. Él tomo sus dedos
delicadamente, los posó en el instrumento y luego presionó un poco. De las
manos de ella brotó una melodía simple pero hermosa.
-Ahora
si has podido responderme- dijo él, sonriéndole. Cristina sintió un impulso de
avanzar hacia su rostro pero estando ya muy cerca, se detuvo.
El
alba interrumpió la escena. Con la salida del sol, Novecento pronunció las
últimas palabras alargadas.
-Es
la pieza musical más larga que he oído.
-Tal
vez.
Se
miraron. Cristina se levantó.
-No
se volver.
-Te
ayudo.- le tendió su mano. Caminaron de vuelta al salón- es donde te encontré.
-Gracias…
por todo.- lo miró un momento. Esperó.
-¿Por
qué gracias? Gracias a ti- sonrió. Ella
reconocía amar su forma de sonreír sincera.
-Por
todo… lo que vi. Por lo que dijiste… por esta noche y la melodía. Si que eres
el pianista más grande. Todo eso, lo que tocaste, lo habías ensayado supongo.
-No.
Aunque lo había imaginado sí. Nunca me había enamorado, así que tenía que soñar
con lo que se sentía. Es algo que creé para ti en el momento. Yo viajo ¿sabes?
Cuando toco. Y viajé contigo. Caminamos un rato por el Pont Neuf. Vi a un par
de niños. Te tomaban de las manos. Sólo
seguí la melodía que me permitía seguir en ese lugar. Debía ser algo perfecto,
para despedirme.
-¿Despedirte?
–abrió los ojos grandes. Había olvidado ese detalle. – ena…morado…
-Geometría.
De a poco, te despides. Sé que te veré bajar por esa escalerilla en pocos días,
y me despediré del amor. Y también del sufrimiento. De a poco, te despides de
todas las cosas y eres feliz.
-Pero…
¿por qué no bajas? Y vienes a América… yo… siento que eres sincero… no quiero
perderte… no, que estoy diciendo, te conocí hace un par de días, lo siento.
-Espera,
no te marches. Tienes que mirarla.
-¿Qué
cosa?
-América
Se
volteó. Y fue la primera en verla. América. El continente apareció en frente,
mostrándole una nueva realidad.
-Avísale
a los demás. Grítalo.
-¡América!-
gritó ella. Ambos rieron un momento. Y al detenerse, ella lo abrazó. Enterró el
rostro en su pecho y lloró. Ya estaba harta. Vidal solo la quería porque se
sentía sólo. David la veía como un objeto frágil, su princesa de cuentos, pero
su vanidad (representada en Corelli) fue más fuerte. La enloquecieron y
mataron. Era una extranjera pobre en mansiones. Una mujer desecha. Novecento la
abrazó, consolándola, hablándole de mil cosas sobre escuchar el mar, abrigos de
piel de camello y su amigo trompetista, hasta que la hizo reír.
-Sólo
uno… sólo una vez…-susurró. Y esta vez sí se acercó. Lo besó un momento, aunque
fuera una vez. Lo quería. Lo quería en verdad. Y, detalle importante, él
también a ella. “Geometría Cristina, ahora puedes ser feliz”. –Felices por
siempre- musitó. Ciertamente era una ironía, pero que importaba, era una ironía
feliz.
A
los días descendió del trasatlántico. Novecento jamás bajó de él. Lo observó
desde la escalerilla. “Ve todo por mí, por favor. Y me cuentas. Te visitaré
siempre. Te quiero”.
-¿De
dónde sacaste ese abrigo de piel de camello? –le preguntó Percival. Ella no le
contestó. Si, estaba triste. La geometría era un poco más difícil de lo que
creyó. Pero lo lograría. Él podría verla mientras tocaba. Ella no viajaba con
el pensamiento, no lo vería más. Pero algo, algo nuevo había ahora. Una luz. No
más hielo ni ojos apagados. Cuando se le secaran las lágrimas, confiaba en
sonreír de la manera que había aprendido del rostro de Novecento.
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