viernes, 13 de julio de 2012

Reencarnación literaria


El camino quedó marcado de sus huellas sanguinolentas. Llevaba la sonrisa pasiva en los labios. Seguía. Ahora sí que iba a hacer las cosas bien. Había traicionado a Vidal, provocando sufrimiento en el buen hombre que siempre le dio todo, por eso es que las cosas le salieron terribles con David… y ese personaje inquietante, su patrón… aceleró el paso. Lo mejor de su decisión era que jamás volvería a verlo a… él. Al hombre de mirada feroz, lobuna. Que no intentaría entrar en ella de nuevo. Y que no sabría nada más del manuscrito. Caminó. Un grito desgarrado cruzo el aire. Se giró hacia allá, mientras las telarañas surgían en el suelo helado. Se encontró con los ojos anhelantes y desbocados del rostro aterrorizado de David Martín, quien la había seguido y trataba de salvar su vida. Las finas líneas del suelo helado se engruesaban y el sonido anunciaba lo que ocurriría.
-Te quiero- le dijo ella. Y se rompió el hielo. Vio a Martín desesperado golpeando el hielo sobre ella. Cristina lo miró a los ojos y posó su mano contra la capa transparente. La corriente la arrastró un momento hasta que comenzó a descender. El juego del escritor había terminado para ella. Moría. Descansaba. Se escapaba de Corelli. Se alejaba de todo. Se… recuperaba la cordura. Cual Quijote, moría cuerda, pues como todo ya acababa, el autor le contó la verdad. Era sólo una Ofelia moderna, un objeto para regalar en el libro. Era una de esas princesas de cuentos, pero que nació depresiva y no tuvo su “felices por siempre”. De los personajes que mueren para provocar catarsis en el lector. Después de todo, su muerte estaba predicha. Era mejor, pues le daba el toque especial y trágico al libro… y ahora el mundo estaba negro… ne…gro…yo… ¡no! ¡No quiero morir! ¡No así! Se movió. Se desesperó. Se enojó. Pero sobre todo, imaginó. Se vio en otro lugar, como otro personaje. Se escribió.
“No hay miles de personajes, sino sólo unos cuantos al que todos se parece. Se le llama reencarnación literaria. Un personaje puede vivir cuantas veces quiera, sólo junten un par de historias, comparen sus protagonistas y verán cómo se parecen (…)”
La despertó un rayo que se filtró hasta su rostro. Había encallado en un lodazal lejano, junto a un rio. Se levantó. “¿Qué…qué?” caminó perdida. Subió un cerro que se hallaba frente a ella. En la cima vio que una ciudad se extendía a sus pies. Y no era Barcelona. Bajó. Caminaba por las calles, mirando hacia los lados. Estaba desorientada.
-¿Qué… que hace?- le dijo una señora en la calle, corriendo hacia ella y cubriéndola con su manto-. ¿Por qué trae esa ropa como de hospital?
Si. Cristina no se imaginó con otra ropa. Pero en el momento de la muerte es complicado pensar en moda…
La mujer la llevó apresuradamente a una gran casa. La lavó y vistió, mientras le decía que no le iba a preguntar por qué tenía esa ropa por la calle, sin embargo, lo sentía mucho pero el patrón se iba a enterar. Al oír nombrar “patrón”  Cristina se giró con pánico en el rostro. Corelli, aquel que había provocado la locura en ella, su dueño, se hacía llamar así.
-¿Pa…patrón? ¿Cuál? No, por favor… - gimió aterrorizada.
-¿Cuál? el señor Percival, señorita- dijo la empleada algo extrañada. – Esta bien, no le diré, no se ponga así. Pero no está bien que le oculte cosas, no es buena forma de empezar un matrimonio. Ahora es mejor que descanse, recuerde que mañana parte en el barco grande, el famoso con ese pianista que todos dicen que es excelente. Ah, me gustaría a mí pasear alguna vez en un barco tan bonito…
Llegó a su habitación y vio las maletas preparadas en un rincón. Al parecer se había metido en una historia similar a la anterior. Era una muchacha bella y pobre, a quien un hombre rico había rescatado y más tarde propuesto matrimonio. Está bien, no tuvo gran imaginación cuando quiso reescribirse. Pero bueno, es complicado pensar en una gran historia cuando te estás congelando.
*      *      *       *
Su sombrero amenazaba con alzarse en vuelo. En la escalerilla de abordaje y del brazo de su novio, miraba hacia el mar. Una mujer de rostro apagado le devolvía la mirada.
-¿Estás bien? Te noto callada y un poco triste. ¿No te emociona la idea de viajar a América en el Virgninian?- le preguntó Percival.
-Claro, lo siento, sólo estaba mirando hacia el mar y me dio un poco de nostalgia, es todo.- mintió ella.
-Está bien, te creeré. Quizás cuando veas el barco por dentro te animes un poco. Y cuando escuchemos al pianista… dicen que es el mejor, incluso circulan historias por ahí acerca de su música. Quiero verlo yo mismo y oírlo.
Entraron.  El barco era grande y con decoraciones exquisitas. Le gustó su camarote, con ventana. Percival se despidió de ella, le recordó que se vistiera bonita para la cena y se fue. Cristina permaneció un rato quieta, mirando. “¿Y ahora qué?” se preguntó “¿Qué hago yo? ¿Vivo otra vida más como si nada? ¿Y para qué, si seguramente será lo mismo? ¿Qué ya no tuve suficiente?” pero no se atrevía a tomar una decisión drástica. Por ahora, viviría como si supiera en que libro estaba, por lo que, a la hora de la cena se reunió con su novio en el salón y ambos vieron el espectáculo. Atlantic Jazz Band era un buen grupo musical y fingió que estaba feliz por un momento, mientras bailaba con Percival. En el sólo del piano, se quedó mirando fijamente al músico. Algo tenía que le llamaba la atención. Era como si la estuviera llamando. Se dio cuenta que sus ojos se cruzaron con los suyos por un momento y que él esbozaba una sonrisa. Fue un instante extraño, como si esa sonrisa fuese para ella y deseará decirle algo. Terminó la canción y aplaudió como todos. Era un gran músico en realidad.
*      *      *       *
Pasaron unos días. Por extraño que pareciera, esperaba el sólo con ansias. Cada vez tenía mayor certeza que estaba dirigido a ella. Y algo había en sus ojos, en los del pianista, en su forma de mirarla, que provocaba que ella lo buscara discretamente. Una noche se desveló. El barco seguía en su vaivén infinito, como un personaje obstinado en voltear a todos los seres humanos por entrometidos, el océano es lugar de peces, no de personas. Abrió la puerta de su camarote. La cegó un momento el resplandor del pasillo y sus lámparas elegantes (ella estaba a oscuras), donde flotaba un ambiente adormilado. Salió a toma aire a cubierta y se apoyó en el borde, mirando hacia el mar. El viento jugó un instante con sus vestimentas y cabello, hasta que decidió que lo que tenía era frío y debía cubrirse. Pero aun no quería volver a la habitación. Caminó observando cuadros y tornillos hasta llegar al salón desolado, que recordaba tan alegre y festivo unas horas antes, con el presentador  de la banda animando al público, presentando primero una tripulación extravagante y luego a la mejor banda de todos los océanos. Sonrió levemente recordando el momento de la tarde. Supuso que era normal sentirse levemente feliz cuando el pianista te sonríe, acompañado de un leve dolor en el estomago. El sitio ahora retumbaba en un silencio roto sólo por el vibrar de unas copas o crujir de las maderas. Eso le agradó. Tomó asiento en una butaca de cuero cuyo color y textura no recuerda en la actualidad, y descanso. Pensó… y no pensó. No pudo. Sin entender, sus ideas se escaparon y dejaron la mente vacía, seguramente aprovecharon de correr con el viento. Apoyó su cabeza sobre las manos y esperó nada, pues nada esperaba encontrar, sólo no tenía sueño. Unos pasos avanzaron en su dirección y levantó la cabeza, temiendo que un encargado con el ceño fruncido y desprovisto de la amabilidad fingida que se presentaba sólo cuando el sol alumbrara o bien las luces brillaban (o sea, cuando el salón estaba apto para el público) la sacara del lugar y así acabara con su travesía nocturna por el Virginian, la cual no terminó pues el hombre era el pianista del barco, quien tomó asiento en el taburete del piano y se giró en su dirección.
-Hola señorita, disculpe, pero soy Dany Boodman T.D. Lemon Novecento y me gustaría saber si quisiera oír una pieza de música.
-Eh yo, bueno pues… si usted quiere tocarla… entonces supongo que a oírla- respondió Cristina visiblemente confundida frente al suceso.
Novecento sonrió
-Pero yo no toco en este lugar.
-¿Y donde entonces?
-Tercera clase.
-¿Por qué allá?
-Porque ahí están todos despiertos.
-¿Despiertos? ¿A esta hora? ¿Y qué hacen?
Novecento sonrió otra vez.
-Usan las cortinas para convertirlas en ropa elegante para presentarse en América.
-¿Y aún a estas horas?
-Es un trabajo pesado.
Novecento la miró y se puso en pie. Cristina, insegura pero extrañamente feliz, se levantó y lo siguió mientras veía en su descenso como bajaba la calidad de belleza y elegancia del trasatlántico. Al llegar a tercera clase confirmó las palabras del pianista: el lugar seguía vivo, con un bullicio de costuras. Había un piano en una habitación y una silla de tres patas a su costado. Novecento se sentó en el taburete del instrumento y Cristina hizo lo propio en la silla. Con una última sonrisa, el artista procedió a tocar. Las notas inexistentes comenzaron a desparramarse sobre las teclas y Cristina se dio cuenta al fin de quién era él, había oído su reputación (o el personaje que representaba ahora lo había hecho) en algunos salones o noches de ópera “Novecento, el más grande”, también supo de la historia del duelo con el humillado rey del jazz, que para vergüenza del perdedor, se propagó con rapidez. Tuvo un pequeño impulso de proclamarle el honor que le resultaba conocerlo, lo asombrada que estaba con sus hazañas, señor Novecento, es un honor indescriptible el encontrarme con un personaje tan distinguido como usted, que placer poder oírlo tocar; pero eso sonaba a saludo y, al parecer, ya habían pasado por eso. No necesitaba frases clichés, no con él. La música… dos pianos se unían en sus manos, con notas que podrían sonar atrevidas e incluso vedadas para el oído humano. Pero el pianista las había encontrado ahí, en medio del mar, complementándola con la danza del océano. Era la música que te hace observar el deslizar de una serpiente fina y de plata por el desierto, cuando sólo conoces la arena del patio de tu casa. O en el caso de Cristina, le hizo ver el largo continente, con sus tierras indómitas y lugares “civilizados”, el puerto al que llegaría y las riberas aun no descubiertas por el hombre blanco, con el nuevo comienzo que ella anhelaba, en un nuevo lugar. Cantos indígenas de seres pintados se unieron a la interpretación musical de su pianista y los autores de éstos comenzaron a correr aplastando con sus pies las alfombras deshilachadas de tercera clase, jugando al borde del ensueño completo. Al ver estas imágenes comprendió que había comenzado a dormitar, así que sacudió la cabeza, pestañó un par de veces y cambió de posición mientras la música continuaba. Intentó cantar una vez para hacer algo también, pero fue un intento desaliñado y vergonzoso. Novecento le dejo un lugar en el taburete y ella interpretó la única canción que hizo sonreír a su maestro de piano, pero que junto al mejor pianista de todos, era deprimente en calidad. Se dedicó sólo a escuchar la melodía que él hablaba para ella, sólo para ella, en un lenguaje especial, observando sus manos que paseaban como un prodigio sobre las teclas y moviendo la cabeza en vaivén conjunto con el barco, mientras él la observaba y sonreía sinceramente. Sentía que él trataba de conversar con ella a través de la música, pero no sabía cómo responderle.
-No puedo responder a lo que dices… - susurró ella. Él tomo sus dedos delicadamente, los posó en el instrumento y luego presionó un poco. De las manos de ella brotó una melodía simple pero hermosa.
-Ahora si has podido responderme- dijo él, sonriéndole. Cristina sintió un impulso de avanzar hacia su rostro pero estando ya muy cerca, se detuvo.
El alba interrumpió la escena. Con la salida del sol, Novecento pronunció las últimas palabras alargadas.
-Es la pieza musical más larga que he oído.
-Tal vez.
Se miraron. Cristina se levantó.
-No se volver.
-Te ayudo.- le tendió su mano. Caminaron de vuelta al salón- es donde te encontré.
-Gracias… por todo.- lo miró un momento. Esperó.
-¿Por qué gracias?  Gracias a ti- sonrió. Ella reconocía amar su forma de sonreír sincera.
-Por todo… lo que vi. Por lo que dijiste… por esta noche y la melodía. Si que eres el pianista más grande. Todo eso, lo que tocaste, lo habías ensayado supongo.
-No. Aunque lo había imaginado sí. Nunca me había enamorado, así que tenía que soñar con lo que se sentía. Es algo que creé para ti en el momento. Yo viajo ¿sabes? Cuando toco. Y viajé contigo. Caminamos un rato por el Pont Neuf. Vi a un par de niños. Te tomaban de las manos. Sólo seguí la melodía que me permitía seguir en ese lugar. Debía ser algo perfecto, para despedirme.
-¿Despedirte? –abrió los ojos grandes. Había olvidado ese detalle. – ena…morado…
-Geometría. De a poco, te despides. Sé que te veré bajar por esa escalerilla en pocos días, y me despediré del amor. Y también del sufrimiento. De a poco, te despides de todas las cosas y eres feliz.
-Pero… ¿por qué no bajas? Y vienes a América… yo… siento que eres sincero… no quiero perderte… no, que estoy diciendo, te conocí hace un par de días, lo siento.
-Espera, no te marches. Tienes que mirarla.
-¿Qué cosa?
-América
Se volteó. Y fue la primera en verla. América. El continente apareció en frente, mostrándole una nueva realidad.
-Avísale a los demás. Grítalo.
-¡América!- gritó ella. Ambos rieron un momento. Y al detenerse, ella lo abrazó. Enterró el rostro en su pecho y lloró. Ya estaba harta. Vidal solo la quería porque se sentía sólo. David la veía como un objeto frágil, su princesa de cuentos, pero su vanidad (representada en Corelli) fue más fuerte. La enloquecieron y mataron. Era una extranjera pobre en mansiones. Una mujer desecha. Novecento la abrazó, consolándola, hablándole de mil cosas sobre escuchar el mar, abrigos de piel de camello y su amigo trompetista, hasta que la hizo reír.
-Sólo uno… sólo una vez…-susurró. Y esta vez sí se acercó. Lo besó un momento, aunque fuera una vez. Lo quería. Lo quería en verdad. Y, detalle importante, él también a ella. “Geometría Cristina, ahora puedes ser feliz”. –Felices por siempre- musitó. Ciertamente era una ironía, pero que importaba, era una ironía feliz.
A los días descendió del trasatlántico. Novecento jamás bajó de él. Lo observó desde la escalerilla. “Ve todo por mí, por favor. Y me cuentas. Te visitaré siempre. Te quiero”.
-¿De dónde sacaste ese abrigo de piel de camello? –le preguntó Percival. Ella no le contestó. Si, estaba triste. La geometría era un poco más difícil de lo que creyó. Pero lo lograría. Él podría verla mientras tocaba. Ella no viajaba con el pensamiento, no lo vería más. Pero algo, algo nuevo había ahora. Una luz. No más hielo ni ojos apagados. Cuando se le secaran las lágrimas, confiaba en sonreír de la manera que había aprendido del rostro de Novecento.

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